domingo, 25 de enero de 2009

Poema de Elías Nandino

Tengo miedo de ti,
de mí,
del mundo, del aire,
del amor, de la sombra.
Tengo miedo de todo.
¡Tengo miedo del miedo!
Tengo miedo a caer
sin nombre,
sin memoria y sin cuerpo,
en la eternidad
del olvido y del silencio.

¿Para qué soy
si para siempre dejaré de serlo?

lunes, 22 de diciembre de 2008

Nací para poeta o para muerto - Gloria Fuertes

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
-supervivo de todos los naufragios-,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
-no ser apenas nada en el tablado-,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Espejismo - Marcelo Choren

A John Coyne

-Mucho calor - afirmó Osvaldo, alcanzándole otra cerveza al Turco.
-Mucho para ser octubre.
Llevaban una semana en la casa. Una semana mirando la nada, aburriéndose con un mazo de cartas, y esperando que el teléfono sonara de una buena vez.
Habían llegado de noche, en un Mercedes bastante nuevo y con el baúl cargado de provisiones. Los caminos vecinales, huellas serpenteantes entre pajonales resecos, los ocultaron de posibles curiosos.
Bajo la galería, el aire caldeado anticipaba el verano. Los dos hombres mantenían en las sillas sobre las patas traseras, apoyando los respaldos en la pared de tablas despintadas. Ambos vestían ropa amplia y usaban anteojos negros. La mesa que los separaba se cubría de latas de Budweiser y un cenicero rebosante.
Frente a ellos, el desierto pampeano: un ardiente océano, ocre, manchado de espejismos líquidos, bajo un arco de metal fundido. En el horizonte, se achicharraba un monte de espinillos.
-Odio esperar -Osvaldo se desprendió la camisa manchada de sudor.
-Es parte del trabajo -dijo el Turco, y se encogió de hombros.
-Sos un conformista, vos.
-No. Soy un profesional. Y hasta que no nos llamen, nos quedamos bien quietitos.
-Pero yo necesito distraerme.
El Turco desenfundó la Browning, le sacó el cargador, accionó la corredera, y espió la recámara.
-Arena de mierda -dijo-, parece talco. Se te mete en todos lados.
-Ahá.
Una brisa tórrida cruzó la galería. El desierto les resollaba en la cara con un soplo áspero.
-Cuando era pibe -dijo Osvaldo-, mi viejo me regaló un Meccano. ¿Te acordás del Meccano? Bueno, me regaló el más grande. Mi viejo era así. Me vendría bien tenerlo acá.
-¿Al juguete o a tu viejo?
-A cualquiera.
-Yo no tuve a ninguno de los dos -dijo el Turco-. O sí, media docena de "viejos", tuve.
Volando en una espiral abierta, un carancho planeó ante los hombres. La cabeza oscilaba con lentitud.
-Parece muerto -dijo Osvaldo-. Vuela, y parece muerto.
El Turco metió el cargador y desplazó la corredera. Afirmando la culata con las dos manos, hizo fuego.
El estampido ahogó el retintín de la vaina, que rebotó en la galería y se perdió en el patio polvoriento. El pájaro se elevó de costado, y cayó con las alas desplegadas; se estrelló en la arena, las patas hacia arriba.
-Ahora está muerto de verdad, y no vuela -dijo el Turco, que se rió.
-¿Qué hacés, boludo,? me dejaste sordo.
-¿Boludo? -preguntó sin dejar de reírse-. ¿Boludo, a quién?
-A vos, boludo -refunfuñó Osvaldo-. ¡Qué pelotudo sos! -empujó el meñique en el oído y lo agitó.
-Pedime disculpas.
La risa había cesado, pero el Turco seguía mostrando sus dientes caballunos, y la Browning apuntaba a la cabeza de Osvaldo.
-¿Qué hacés? -Osvaldo torcía la cara, y agitaba una mano frente al ojo oscuro, vacío, de la Browning-. Dejá eso tranquilo, no seas bolú... ¡No jodás, che!
-Pedime disculpas -en la voz del Turco había una helada placidez.
Los espejismos se habían concentrado en una franja. Osvaldo tuvo una ocurrencia fugaz: el monte de espinillos, convertido en manglar, hundía sus raíces en un mercurio tembloroso y volátil. El desierto se inundaba minuto a minuto, amenazando con sumergir la casa y los hombres.
-¡Salí! -su propia voz aguda disolvió la alucinación-. ¡Apuntá para otro lado!
-Pedime disculpas.
-¡Bueno, disculpame, Turco! ¡Disculpame!
La segunda detonación fue una especie de tos seca. Osvaldo se ladeó, igual que el carancho. Una crema roja, con grumos grises, salpicó las tablas carcomidas de la pared.
-No te disculpo nada -dijo el Turco.
Entonces, Osvaldo enderezó la cabeza deformada y chorreante.
-Disculpame, Turco -repitió-. ¡Disculpame!
El Turco apretó de nuevo el gatillo, una y otra vez. A cada disparo, la cabeza volvía a enderezarse y a suplicar:
-Disculpame, Turco. ¡Disculpame!
Pequeñas olas de espejismo rompieron contra el muelle de la galería.
Dentro de la casa, apagado por el estruendo de los tiros y la voz de Osvaldo, el teléfono comenzó a sonar.

Este cuento pertenece al libro El mejor amigo, de Marcelo Choren.

domingo, 31 de agosto de 2008

Burgueses dubitativos - Erik Knudsen

¿Sientes vergüenza, estás harto de
este mundo rico blanco tuyo
explotación, racismo, genocidio
«libertad», «democracia»... tú detestas
todo eso. Bien. Tu mala conciencia
es una señal de vida. No eres un caso perdido
como los imperialistas y
sus pequeños agentes de ojos ciegos. Pero
¿qué estás dispuesto a hacer con tu vergüenza?
¿Para qué la empleas?

II

Tu corazón con los rebeldes
Tus pies en un suelo rico
Playboy
de la Revolución

III

Olvida que naciste
blanco y rico
¿Era Marx proletario?
¿Lo era Engels?
¿Lenin?
¿Brecht?
Tú también puedes hacer algo
Tú también puedes mostrar tu solidaridad
con los oprimidos y los rebeldes
tienes que ajustar cuentas contigo mismo
tienes que ajustar cuentas con tu clase:
Deserta
Traducción de Francisco J. Uriz

martes, 19 de agosto de 2008

Vuel Villa - Xul Solar


Vuel villa1936Acuarela sobre papel. 34 x 40 cm.Museo Xul Solar. Buenos AiresAut. Xul Solar

martes, 12 de agosto de 2008

Invierno - Muhammad Al Magut

Como lobos en una estación seca
Germinamos por todas partes
Amando la lluvia,
Adorando el otoño.
Un día incluso pensamos en mandar
Una carta de agradecimiento al cielo
Y en lugar de un sello
Pegarle
Una hoja de otoño.
Creíamos que las montañas se desvanecerían,
Los mares se desvanecerían,
Las civilizaciones se desvanecerían
Pero permanecería el amor.
De pronto nos separamos:
A ella le gustan los grandes sofás
Y a mí me gustan los grandes barcos,
A ella le gusta susurrar y suspirar en los cafés
Y a mí me gusta saltar y gritar en las calles.
A pesar de todo
Mis brazos se abren al universo
Esperándola.

Traducción de María Luisa Prieto